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26.10.2015.

¡Con solo diez años!


Por: Pepita Taboada Jaén

La madurez no significa sólo una edad. ¡Ya nos gustaría que los años fueran acompañados de criterios y soluciones rectas! Pero muchas veces la realidad nos desilusiona cuando observamos los tropiezos, las declaraciones huecas, comportamientos incongruentes y chabacanos en tanta gente que, maduras en años y a veces sobresalientes en diversas materias, no saben acertar con las soluciones correctas en cada caso.

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La madurez no significa sólo una edad. ¡Ya nos gustaría que los años fueran acompañados de criterios y soluciones rectas! Pero muchas veces la realidad nos desilusiona cuando observamos los tropiezos, las declaraciones huecas, comportamientos incongruentes y chabacanos en tanta gente que, maduras en años y a veces sobresalientes en diversas materias, no saben acertar con las soluciones correctas en cada caso, para aplicarlas con acierto y señorío en su propia vida, pensando, tal vez, que su pretendida felicidad personal está por encima de cualquier norma humana o divina.

La madurez humana no es vivir a impulsos de los estados de ánimo, sino más bien aprender a controlarlos, buscando un equilibrio entre la razón, la afectividad y la responsabilidad, que conduzca a la justa decisión que debe tomar un ser que goza de memoria, entendimiento y voluntad. Lo contrario rebajaría su condición de persona.

Myriam es una niña iraquí que, con tan sólo diez años, posee la madurez que Dios regala a los sencillos y pequeños. Le gustaba ir a la escuela y era la primera de la clase. Vivía en la ciudad de Qaraqosh, que fue tomada por los terroristas del Estado Islámico (IS). Miles de cristianos tuvieron que huir si no querían convertirse al Islam o perder la vida, situación dolorosa que ya conocemos y lamentamos. Actualmente vive en un campo de refugiados en Ankawa (Irak). En declaraciones a la televisión cristiana Sat7, y a las preguntas del periodista, la pequeña contesta: “Rezo todos los días pidiendo a Dios que podamos volver a nuestra casa, y que tenga piedad de ellos”. También afirma la niña: “Me lo enseñan mi papá y mi mamá. Si crees de verdad, Jesús nunca te abandonará”. Relata que lo más doloroso para ella fue separarse de su amiga Sandra: “Pasábamos todo el día juntas. Si alguna le hacía algo malo a la otra, nos perdonábamos. No sé dónde está. Me quiere, y yo la quiero, deseo verla algún día…”

Sin embargo, a pesar de esas circunstancias tan adversas, la pequeña sabe rezar y agradece la ayuda de Dios: “A veces lloro porque dejamos nuestra casa, pero no estoy enfadada con Dios. Le doy gracias porque ha cuidado de nosotros. Incluso si aquí sufrimos. Él nos quiere y no dejaría que el IS nos mate. Dios nos quiere a todos”. Sigue diciendo: “A los terroristas (Dios) sí que los ama, pero al demonio, no”. Y recalca: “No les quiero hacer nada. Sólo le pediré a Dios que los perdone. No los voy a matar. ¿Por qué iba a matarlos? Sólo estoy triste porque nos echaron de nuestras casas”.

Una actitud ante la vida de una niña sencilla que ha hecho descubrir a los demás la realidad de la oración que Jesucristo dirige a su Padre Celestial: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños”. El texto -de San Mateo, 11,25-  no dice cuáles son “estas cosas”, pero por el contexto se deduce que los sabios y prudentes de este mundo no perciben lo sobrenatural, no aceptan la revelación que Cristo ha traído a la tierra, y en cambio el humilde, el pequeño, los niños lo descubren.

¡Qué criterio tan distinto tiene Dios de los que se sientan en ”la cátedra de Moisés” y se han hecho dueños de “la llave del saber”. Gente importante que cree tener poder porque tiene conocimientos humanos. La gente sencilla, en cambio, es aquella que es despreciada porque se la considera ignorante y sin embargo, Dios los privilegia. ¡Para pensarlo!...

 


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