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13.3.2016.

“Perdono pero no olvido”


Por: Pepita Taboada Jaén

¡Cuántas veces hemos escuchado esta frase! Y cuántas veces, también, hemos intentado hacer reflexionar a esa persona, a la que nos unen lazos familiares o de amistad, para hacerle comprender las nefastas consecuencias de su actitud.

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¡Cuántas veces hemos escuchado esta frase! Y cuántas veces, también, hemos intentado hacer reflexionar a esa persona, a la que nos unen lazos familiares o de amistad, para hacerle comprender las nefastas consecuencias de su actitud.

El resentimiento es un sentimiento que puede envenenar toda una vida si no se es capaz de activar la inteligencia y la voluntad para hacer inocuo ese veneno.

Una de las consecuencias negativas  que genera el resentimiento es el egocentrismo. Una persona que está centrada en sí misma reacciona negativamente ante cualquier suceso que considere un agravio o una ofensa, dándole una importancia desproporcionada que retiene en su interior, a veces hasta varios años después del suceso. Como no es capaz de dominar el propio yo, el resentimiento se hace dueño de la situación, y la aleja de la felicidad a la que todo ser humano aspira.

Todos hemos podido comprobar que hay casos tan graves que se ha llegado hasta el asesinato -por ejemplo, por cuestiones de herencia entre familiares- después de años de rencillas continuas. Y también es triste comprobar cuántos casos existen de personas que no se dirigen la palabra durante años y años por algún conflicto pequeño o menos pequeño, aunque repitan para justificarse: “perdono pero no olvido”. El perdón es otra cosa.

También la personalidad susceptible es un campo abonado para el resentimiento. Esas personas recogen todos los momentos que consideran que las hieren y los guardan en su mente, bien para “rumiarlos” una y otra vez, agrandando su importancia, o bien  para, “soltárselos,” en cuanto tengan ocasión, a la persona o personas que se los provocaron. Así, al menos, se descargan momentáneamente, aunque no se decidan a luchar por erradicar esta tendencia, porque les falta voluntad y dominio de sí. No resulta fácil el trato con estas personas, porque hay que estudiarse las palabras que se le dirijan para que no se molesten. También se les puede conocer como “personas complicadas o inmaduras”.

En casos menos complicados se suelen tomar a broma las quejas de un familiar o amigo que, por su menor susceptibilidad, al recordarle que, “una vez que me hiciste tal cosa….”, zanja el asunto en tono humorístico: “Sácame la lista de agravios…”.

Se puede argüir que quizá, aunque se quiera olvidar una ofensa, no se consigue, y por eso se acude a la expresión: “perdono pero no olvido”. Sin embargo, podemos decir que si el perdón es auténtico, el deseo de olvidar también lo será, y la ofensa irá, con el paso del tiempo, perdiendo fuerza hasta extinguirse.

Lo entenderemos mejor a la luz de la fe. Resulta todo más fácil acudiendo a lo sobrenatural, que es patrimonio del hombre. El Señor, cuando enseñó el Padrenuestro, nos puso la condición de perdonar nuestros pecados si antes perdonamos  a quién nos ofendió. Cuando Pedro le pregunta si hay que perdonar hasta siete veces, pero la contestación del Maestro, es tajante: “hasta setenta veces siete”, es decir, siempre. Cuando este apóstol le negó tres veces, Jesús le miró y, como se había arrepentido, no revocó la misión que le había dado y le devolvió todas sus prerrogativas. ¡Eso sí que es olvidar!

También puede ayudar a rectificar con prontitud, saber que cada vez que se cometa alguna ofensa, grave o leve, contra las personas en particular, o contra la sociedad: el asesinato, el robo, la infidelidad, el odio, la guerra…, el primer ofendido es Dios y es a El a quién primero debemos pedir perdón. Y el perdón de Dios, según las disposiciones de la persona,  anula cualquier


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