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7.6.2016.

Corrupción y regeneración


Por: Francisco Rodríguez Barragán

La corrupción es inseparable del poder, de cualquier poder, aunque ahora parece haber aflorado de manera incontenible como ariete electoral en la confrontación política.

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La corrupción es inseparable del poder, de cualquier poder, aunque ahora parece haber aflorado de manera incontenible como ariete electoral en la confrontación política.

Hay corrupción cuando se utiliza el dinero público para formar una clientela electoral: si eres de los nuestros, si nos votas, recibirás beneficios. Hay corrupción cuando hay que recurrir a “los conseguidores” si alguien pretende una contrata, una licencia, una recalificación urbanística. Hay corrupción cuando se solicita dinero para un partido, aunque el dinero se quede en el bolsillo del intermediario. Hace poco han aparecido otras formas de corrupción como el tinglado del sindicato “Manos Limpias”  y el de la asociación de usuarios de banca, “ Ausbanc”.

Pero también hay corrupción cuando hay quien está de baja sin estar enfermo o figura como desempleado y está trabajando, por ejemplo. Hay empresas corruptas que contratan a los trabajadores por unas horas y les hacen trabajar más allá de la jornada completa y profesionales que ayudan a defraudar a quienes les pagan, aprovechando la intrincada maraña de leyes fiscales, sociales, autonómicas y municipales.

Todos estamos dispuestos a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Los corruptos siempre son los otros y deseamos que se les castigue, no tanto por amor a la justicia como por resentimiento y envidia.

En este insano caldo de cultivo no hay que extrañarse de que surjan los que están dispuestos a capitalizar el descontento de todos los que se sienten maltratados en estos tiempos de crisis, enarbolando la bandera de la regeneración.

Nuestra democracia ha funcionado en un bipartidismo en el que se producía el cambio cuando una cantidad suficiente de votantes quitaba el gobierno a un partido para entregárselo al otro, esperando en cada ocasión que el nuevo gobierno lo haría mejor que el anterior y vuelta a empezar.

Ahora surgen otro par de partidos que se consideran libres de corrupción y se aprestan a salvar a España y por segunda vez en seis meses se enfrentan en las urnas. Está claro que lo que todos buscan es el poder, solo el poder y nada más que el poder.

No hay duda que necesitamos una regeneración pero ésta es mucho más profunda de lo que parece. Los últimos gobiernos, por acción u omisión, han destruido los valores que pueden dar consistencia a la sociedad. Se ha destruido la familia que ha sido siempre el núcleo fundamental en el que cada persona es aceptada por sí misma y preparada para integrarse en la sociedad, donde se aprende a ser hombre o mujer, desde la unidad de sus padres, donde se inculcaba la fraternidad, cuando había hermanos para convivir y compartir en lugar de ser niños solos en familias desestructuradas.

Los niños hay que educarlos en casa y en la escuela lo más que pueden recibir es instrucción sobre diversas materias, algunas veces absolutamente inadecuadas. El problema se agrava tanto por la fragilidad o inexistencia de la familia como por la carencia de auténticos valores de las generaciones inmediatas, educadas en el más mostrenco relativismo, donde se da primacía a la voluntad (hago lo que se me antoja) en lugar de a la razón (qué debo hacer, qué es la verdad)

De esto no hablan para nada los partidos que piden nuestro voto para alcanzar el poder y sus ventajas.


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