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12.6.2016.

La búsqueda de espacios más armoniosos


Por: Víctor Corcoba

Estoy convencido de que el ser humano, cuando se deja llevar por su interior, busca lo armónico, la conciliación, el acercamiento de unos para con otros. Desde luego, una vez globalizados como especie, tan importante como el pan de cada día es vivir en una sociedad libre y democrática, en la que todos, sin exclusión alguna, podamos vivir abrazados por la concordia y con iguales posibilidades. Indudablemente, tenemos derecho a encontrarnos realizados como personas, a sentirnos seguros y vivos en el espacio que hayamos elegido para vivir.

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Estoy convencido de que el ser humano, cuando se deja llevar por su interior, busca lo armónico, la conciliación, el acercamiento de unos para con otros. Desde luego, una vez globalizados como especie, tan importante como el pan de cada día es vivir en una sociedad libre y democrática, en la que todos, sin exclusión alguna, podamos vivir abrazados por la concordia y con iguales posibilidades. Indudablemente, tenemos derecho a encontrarnos realizados como personas, a sentirnos seguros y vivos en el espacio que hayamos elegido para vivir. En ocasiones, por razones económicas o por otros motivos personales, hay quienes deciden abandonar su entorno en la búsqueda de nuevos horizontes. Es una cuestión legítima a la que todos tenemos derecho. Otras veces, sin embargo, la huída no es voluntaria; surge por un desastre natural o por un conflicto, para proteger la propia vida. Sin duda, nuestra existencia es el mayor valor. Y así brota el desbordante tema mundial de los refugiados, como consecuencia de la complicada situación que aflige a millones de ciudadanos de todo el orbe, obligados a dejar sus raíces, por esa falta de paz que todos requerimos para vivir.

Hace tiempo que debiéramos haber reflexionado sobre esto, máxime en un mundo de mutua interdependencia e interacción a nivel global, en el que proliferan tantos intereses, lo que genera un cúmulo de peligros y contiendas sin precedentes en nuestra historia. Ahora bien, teniendo en cuenta que nunca es tarde para rectificar, se me ocurre pensar que hay que mundializar las acciones en todo el planetario. Ya, en su tiempo, como una expresión de solidaridad con África, continente que alberga a la mayoría de los refugiados del mundo, la Asamblea General de las Naciones Unidas, adoptó una resolución el 4 de diciembre del año 2000, en la que declaraba el 20 de junio como Día Mundial del Refugiado, haciéndolo coincidir con el aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, concebido en parte, durante ese tiempo, para dar respuesta a los problemas de muchos refugiados de la Segunda Guerra Mundial que todavía estaban dispersos por Europa. A mi juicio, por consiguiente, hemos de avanzar en la reconstrucción de espacios justos y democráticos.  El rechazo, la exclusión, el comercio y el trabajo esclavo, la discriminación, se contraponen a la armonía que requerimos como algo innato. Esta es la gran apuesta; otra cultura más comprensiva, más acogedora, que no piense únicamente en su mero crecimiento económico.

De nada van a servir las celebraciones, como puede ser la del Día Mundial del Refugiado, sino ayudamos a vivir de otra manera, con una corrección de actitudes más compasivas, más de reencuentro con nuestros semejantes: recordemos el espíritu de humanidad que nos es común, con un cambio de comportamiento real hacia el mundo migrante. En tiempos como los actuales, también es esencial que los gobiernos de todo el mundo, unidos con su ciudadanía, renueven su compromiso de brindar refugio y seguridad a aquellos que lo han perdido todo como consecuencia de esta atmósfera enfermiza, que todo lo lleva hasta el extremo de los absurdos enfrentamientos. Es una lástima, que prolifere tanta discordia, sabiendo que históricamente cualquier contienda es destructora, y que el ser humano lo que requiere, más que colección de cosas y riquezas, es sentirse bien junto a los suyos, engrandecerse con la humanidad, sentirse vinculado a ella. Al igual que la vida no merece vivirla a no ser que el cuerpo y el espíritu vivan en clemente avenencia, si no hay un equilibrio nativo entre ellos y si no experimentan un acatamiento originario el uno por el otro,  lo mismo sucede entre culturas, precisan hermanarse, convivir, sentirse solidarias entre unas y otras.

En todo caso, considero un signo positivo que la Unión Europea y sus Estados miembros intensifiquen sus esfuerzos para establecer una política migratoria europea eficaz, segura y humanitaria. En este sentido, nos consta que apoya la respuesta a las necesidades urgentes de los refugiados sirios a través de la asistencia a los organismos de la ONU, el Líbano, Jordania y Turquía. También proporciona ayuda humanitaria a los migrantes en la ruta de los Balcanes occidentales. Además de intentar salvar vidas de migrantes en el mar, igualmente se han intensificado las investigaciones sobre la financiación en los casos de tráfico de migrantes, mediante sistemas de cooperación e intercambio de datos. De igual modo, se han reforzado las fronteras exteriores de la Unión Europea, bajo las vertientes de la solidaridad y la responsabilidad. De todas maneras, hemos de reconocer que el creciente número de desplazados nos supera, a pesar de que los organismos internacionales continúen proporcionando asistencia vital, todavía se levantan muchas barreras infranqueables. Pienso que falta ese espíritu político de unidad y unión sincero, o si quieren esa actitud social de ir al fondo de la cuestión, afrontando los desequilibrios socioeconómicos y la globalización sin reglas, que están a mi juicio entre las causas de las migraciones, en las que las personas migrantes, no son tanto protagonistas, como víctimas de una sinrazón y de un mercadeo de sus vidas.

No olvidemos que todos nos merecemos espacios armónicos, y esto lo da, la cultura del alma, del interior de las personas. A veces, me pregunto: ¿Por qué los migrantes tienen que ser descartados de estas áreas de desarrollo pacíficas?. Si en verdad todos nos merecemos vivir dignamente, hagamos lo posible por acompañar con paciencia a tantas personas marginadas del sistema; de un sistema, por cierto, injusto e inhumano a más no poder. Salgamos de las bellas palabras a la acción. Veo que no basta la simple tolerancia, sí esa que respeta la diversidad, que está muy bien, pero además se precisa menos actitud defensiva y recelosa, y más acción conjunta para buscar soluciones desinteresadas a este fomento de la marginalidad que nos deja sin corazón. La marginación cohabita porque interesa a algunos sectores pudientes, cuando menos para tener dominación sobre algunos. El ser humano tiene que orientarse a vivir su propia humanidad, lo que supone la creación de un mundo mejor redistribuido. Sólo así podrá espigar la armonía, a través de los gestos de fraternidad. Podrá decir algún lector que esto es utópico. Quizás tenga razón, pero es desde la ilusión como se dan pasos. Yo, como decía el inolvidable escritor colombiano Gabriel García Márquez, aún creo que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra.  Cuando menos, por pura conciencia, estamos obligados a que sea así.

No cabe duda, que la dignificación de las culturas no está en los criterios de productividad y eficiencia,  de pertenencia a una etnia, clase social o religión, sino en que cada ser humano se merece, por si mismo, esa superficie armoniosa para recrearse y crecerse. Pensemos, que casi siempre por nuestra culpa, los refugiados huyen porque no tienen otra opción, pero nosotros sí que tenemos la opción de al menos socorrerles y ofrecerles nuestro cariño. Ellos, que se han visto privados de sus raíces, de sus hogares, jamás han de verse privados de un porvenir en calma. Ayudémosles, para empezar, a rehacer un nuevo hogar que, sin amigos, es como poseer un cuerpo sin alma.


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