La Semana Santa de Zaragoza, declarada de Interés Turístico Internacional, no es solo una manifestación religiosa; es un fenómeno antropológico que define la identidad de la capital aragonesa. El Domingo de Ramos, que abre este ciclo, actúa como el termómetro perfecto para medir la salud de una tradición que, en pleno 2026, sigue demostrando una resiliencia asombrosa frente a las inclemencias meteorológicas y los cambios sociales.
El rugido del tambor como oración
Lo que diferencia a Zaragoza de otras grandes celebraciones, como las de Sevilla o Valladolid, es su lenguaje sonoro. En la capital del Ebro, la oración no es solo silencio o saeta, es el estruendo. Con más de 4.000 tambores y bombos en las calles durante la semana, el Domingo de Ramos marca el inicio de esta «sinfonía de la pasión».
La Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén, fundada por un grupo de trabajadores de banca en los años 30, es la encargada de abrir paso. Su estética, con el blanco de la pureza y el azul de la Virgen, contrasta con el gris del cielo que a menudo regala el cierzo. Este viento, característico del valle del Ebro, no es un invitado más; es un desafío técnico para los cofrades que deben equilibrar los pesados pasos y las palmas de gran altura frente a rachas que este año han superado los 60 km/h.
La Borriquilla: El relevo generacional
El Domingo de Ramos es, por excelencia, el día de los niños. La imagen de «La Borriquilla», realizada por los hermanos Albareda, es una de las más queridas por su naturalidad y cercanía. En Zaragoza, la tradición de las palmas rizadas sigue viva gracias a artesanos que trabajan durante meses el dátil para crear figuras complejas. Es común ver estas palmas adornadas con caramelos y «rosquillas», un detalle que vincula lo sagrado con lo festivo y lo familiar.
Este 2026, las cifras de participación han sido récord. Se estima que más de 16.000 cofrades forman parte de las 25 hermandades de la ciudad. La integración de nuevos zaragozanos y el interés turístico han hecho que la ocupación hotelera roce el 90%, consolidando a la Semana Santa como un motor económico vital para Aragón.
Un escenario de piedra y fe
El recorrido procesional es un viaje por la historia de la ciudad. Desde la Iglesia de San Cayetano (Santa Isabel de Portugal), joya del barroco, hasta la majestuosidad de la Catedral de La Seo, donde conviven el mudéjar, el gótico y el barroco. La procesión de las Palmas realiza su estación de penitencia en este entorno, recordando que Zaragoza fue una de las primeras ciudades en adoptar el uso del tambor en las procesiones, una influencia llegada del Bajo Aragón que hoy es su seña de identidad más potente.
En conclusión, el Domingo de Ramos en Zaragoza es un acto de afirmación colectiva. Bajo el frío cierzo, el calor de las palmas y el ritmo persistente de las carracas, la ciudad se prepara para su semana más grande, donde el arte, la fe y la cultura se funden en un solo golpe de bombo.
